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MNU Volumen 5 – Capítulo 14

Capítulo 14.

La guerra empieza.

Mientras yo llegaba con Sort al palacio. El sol con sus primero rayos rompe los cielos y alumbra la cúspide de mi cuarto. El lobo me deja bajar en mis aposentos y él toma su lugar en el techo de la torre, para descansar y dormir un poco.

Yo iba hacer lo mismo, pero cuando me recuesto en mi cama. Una estruendosa Mra golpea la puerta con gran angustia mientras le era seguido por su esposo Kiros que entra sin permiso.

— ¡Alices, despierte es una urgencia! ¡Es una urgencia!

Kiros, me gritaba y Mra también. Cuando me vieron despierta y somnolienta, me expusieron los siguientes:

— ¡Su divinidad!— Dice Kiros. — Estamos siendo atacados por los White.

— ¿Qué?— Respondí.

— Recibí una nota de auxilio en las fronteras. La fortaleza del muro blanco esta siendo atacado por ejércitos blancos, y no solo ahí. Hordas de monjes atacaron casa rubí, y loto de oro.

— No puede ser…— Volví a responder.

— Si esto sigue así, no les tomara mucho llegar a Oru. Las tres fortificaciones doradas fueron arrasadas por el ejército Biherth. Un soldado identificó tres estandartes blancos… si es así, ciento cincuenta mil hombres está tomando rumbo aquí ahora mismo.

— ¿Ya se ha informado a los Redgroouk por lo de casa Rubí?

— Si, envié una carta a los soberanos en estos momentos. Ahora la única línea de defensa es Horus. Pero no cuenta si no con una legión… Y me temo que los refuerzos del esterio imperio no lleguen a tiempo. ¿Qué hacemos, mi diosa Alizes? La única autoridad militar es usted y tres abneguers de tres estrellas, un abneguer de dos estrellas y un Neguer centurión.

— Reúnalos, y llama la capitana Fredys de las valquiria de fuego.

— Muy bien— Dice Kiros y sale disparado.

— Mra, prepara la sala de reuniones y manda a llamar a los legionarios.

— ¿Dices que busque a las tropas nobles del lugar?

— Si, necesitamos toda la ayuda posible, junto con los eruditos y los maestres de la biblioteca canopia.

— Como mande.

Mra también atiende mis órdenes y yo me alisto para la reunión.

*                                                   *                                                           *

Ya estando en la sala de estrategia. El general Ar Dumis abneguer de dos estrellas y recién ascendido después de la muerte de Goud, tenía informados a los demás militares.  Pero Lcios Airon preguntaba en reproche la presencia de una mujer en la sala:

— ¿Quién dejo entrar a esta mujer aquí?

Fredys que era ya enorme, se imponía sin miedo ante la presencia de este viejo general que ya estaba de retiro y solo era un reclutador. Y le dijo: —La diosa Alizes fue la que me llamó, tengo toda la autoridad de estar aquí.

— ¡Es algo inaudito ahora que una mujer comende en presencia de hombres dorados, estrategias de guerra!

— Yo comande la legión dorada de la antigua imperata regente…

— Una reina impura— El hombre escupe en los pies de Fredys y está en ofensa intenta golpear al viejo. Pero yo les gritó.

— Basta, no estamos aquí para pelear los unos con los otros. Nuestro deber es defender esta ciudad y las tierras que con ellas conlleva.

Los demás se inclinan ante mí, Kiros, Mra, y el joven Ar Dumis.

El viejo Lcios y Fredys al verme también se inclinan. Pero no les procuró atención y observo que faltaba gente.

— ¿Dónde están los demás?— Pregunto, y es cuando Mra dice: — El Neguer centurión está llegando a caballo. — ¿Y el legionario?

Un hombre rubio de armadura gris y bien cuidada sonríe mientras caminaba al centro de la habitación sosteniendo su espada y este dice:

— Ya estoy aquí su majestad.

— Muy bien, tomen asiento— Él toma asiento y dice: — Con gusto.

Yo le observo, pauso y luego retomo la conversación. —… mientras el centurión llega quiero escuchar con cuántos hombres contamos para la defensa.

Kiros, toma el papiro y solo con los números que manejaban del centurión, y de la legión de Ar Dumis contesta:

— Diez mil cuatrocientos hombres, junto con la legión de cinco mil, eso nos dan un total de quince mil cuatrocientos hombres. Más los ciento cincuenta de los torreones  en las murallas blanca que no ha sido atacada, serian quince mil ciento cincuenta.

— No es suficiente, abneguer Lcios ¿con cuántos hombres dispone su unidad central?

— No más de mil hombres, todos son reclutas jóvenes que están entrenando. No son elite pero tampoco son novatos.

— Aun seguimos siendo inferiores a ciento cincuenta mil. Bueno, al menos tenemos una unidad nueva.

— ¿Te refieres a las, “no sé qué de fuego”?

— Si, esta unidad ha estado entrenando a cada mujer con potencial, sea noble o de línea inferior.

— Debe ser una broma, ¿sumara mujeres a la defensa?

— Si Lcios, las mujeres tienen el mismo deber y potencial que un hombre dorado. A demás el enemigo no conocen ninguna rutina de fuerza ni estrategia adquirida hecha por la nueva unidad. Puede ser un punto a nuestro favor.

— Mi diosa Alizes, aunque sume las fuerzas de estas… mujeres, dudo que puedan aportar alguna utilidad de fuerza en el escuadrón. No solo se necesita fuerza si no experiencia.

— Y es por eso que los he llamado. Por ahora somos la única fuerza de defensa y de poder militar en la ciudad. Ya como saben su Imperato se llevó todo arsenal militar a las costas Redgroouk. Así que espero de su experiencia en batalla para dar frente a esta situación.

El centurión aparece y dice:

— Lamento llegar tarde, tenía que traer este mensaje desde las fortificaciones doradas en las costas Dumbrias.

— ¿Qué mensaje?

— Tenemos que actuar ahora. Los ciento cincuenta mil hombres que se tenía en mente ahora se dividieron y un grupo de setenta mil hombres se dirigen aquí, ya mandé a traer los ciento cincuenta del muro blanco.

— Bien, aun divididos seguimos siendo inferior en número. Por suerte tuve tiempo de leer, «el arte de la guerra».

— ¿El que…?— Pregunta Lcios.

— No importa. Tenemos que movilizar toda nuestra fuerza al frente y disminuirlo, tan solo después de eso tenemos que movilizar una parte del escuadrón y recuperar loto de oro.

— ¿Y cómo hacemos eso? ellos son más— Pregunta Ar Dumis, que después es preludiado con una riza burlona de parte de Lcios que nunca había escuchado una estrategia tan primitiva y poco garantizada.

— Tenemos que empezar la batalla sin perder hombres. Y para eso me permití traer a los eruditos de la guerra.

 

 

 

 

 

 

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