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MNU Volumen 7 – Cap 5

Capítulo 5
Sifiro y Otomandi.
Rubí despertó de su desmayo nuevamente, soñando con las dos chicas; una que lo consume todo, y otro que lo preserva todo.
Aun no amanecía, y los albores de la mañana principaba en la oscuridad de la tierra noche. Solo cielos toldados y ventiscas heladas acompañaban las tiendas en todo el ejército.
Alizes sacó del bolso negro que antes era de Raynard, el libro que tanto había guardado en toda su aventura; «¿Que es la vida?» traía en ella esa nostalgia de su pasado y vio en la portada a Maiden. Un recuerdo subyacente de lo que vivió en su mundo. Y luego saca la aburrida vida de los caracoles…
Y piensa.
¿Qué estará haciendo?
Traía consigo los mismos pensamientos que Raynard tenía cuando la andaba buscando.
Y luego, presiona sobre su pecho los dos libros. Mira la portada de Maiden y lo abre. La página se encontraba ya un poco arrugada en el lugar donde Raynard había leído antes, y deduce que él estaba siguiendo la historia.
El capítulo al que había llegado era más adelante en donde lo había dejado, y presume en sus pensamientos que Raynard era un lector más rápido. Y lee entre si la siguiente línea.
“¡Oh! hombre que, en su fulgor de agonía, camina en las brasas del infierno para buscarme.
¡Oh! hombre de mil sueños que ha logrado cautivarme, en busca de mí escencia conforme a su enredado y enardecido espíritu de voluntad, halla reposo.
Tus pies que han tocado el negro y torturador suelo infernal, que se hunden en el crudo petróleo. Tu mirada impasible que no altera tu derrota, está llegando a mi corazón.
Que tus prendas no hallan clemencia ni misericordia, al reflejo de tu deteriorado desdén. Repulsa en él la desgracia que has soportado, si un lugar al que llegar, perdido en la penumbra eterna buscándome.
Me has conmovido amado mío, y he entendido mi error tardío. Llorar y suplicar es mi sentencia, en busca de tu perdón. Soy mujer rechazada por la muerte ahora que te he perdido, y mujer rechazada por el mundo porque te he desechado. Espérame, tu que andabas buscándome, te estoy solicitando.
Que bajaste a los pies del hades para hallarme, te estoy buscando. Soy yo ahora la que dará su vida mortal para estar a tu lado… amor es lo único que me mueve, no es el deber, ni la misericordia, es el estar contigo en los efímeros días que el mundo ha regalado. Bajaste y te moviste en el mundo que no te aceptaba, que te rechazaba y te repudiaba. Mortal entre los inmortales, hombre entre las bestias, espíritu entre los inmundos. Un hombre contra el mundo. Yo iré por ti”
Ese fragmento dejó Alizes un poco pensativa, reflexionó a causa de la lectura y asemejó el mensaje a lo que estaba sucediendo con Raynard. «Un hombre contra el mundo».
El mensaje final la alentó y su énfasis en él, no la dejó dormir. Fue allí cuando por fin su amor se enalteció.
• * *
El vigía toca la trompeta, y los soldados se alistan. Tierra noche había empezado. El sol se ocultó, el cielo negro permaneció allí y las pequeñas nevadas anunciaron el invierno.
El ejercito de 58200 hombres empezaron a movilizarse por las grutas para cruzar la montaña, en la gruta de los 3000 hombres.
Alizes y Rubí conversaban en el frente y Purpurea la seguía con todos los Neguers y Abneguers de todas las compañías.
Las bestias y los hombres; no sentían frio.
Su angustia había desaparecido y seguían las ordenes de esas mujeres que, aunque jóvenes, eran la máxima autoridad que se podía respetar sin importa el género o la edad.
No encontraron trampas, ni emboscadas, todo andaba normal en ese entonces. La gruta estaba totalmente despejada de enemigos o asechanzas.
Duraron un ciclo completo de luna en esa gruta. El camino era largo, pero no fatigoso, así que acamparon dentro de la montaña para descansar. Y cuando terminaron, seguían el paso.
Fue al siguiente día después del amanecer en que salieron de la gruta. Dos peñascos se abrían paso frente a la salida, que mostraban el camino al valle donde se hallaba la majestuosa fortaleza de los Saambala. Un enorme castillo blanco con un orbe en la cúspide de esta que destellaba una luz azul al cielo.
Habían llegado.
No se tenía que recorrer demasiado para llegar a ella; el valle era extenso y blanco hasta donde llegaba la mirada.
En el horizonte cordilleras, y al lado oeste un puerto donde los barcos habían zarpado.
No había ejército que los esperara, ni ruido que los alertara. Solo el viento que soplaba, y quemaba las mejillas de los que ahora estaban formados para atacar.
Entre rojo y dorado era el espectáculo de hombres enseñados para el orgullo de sus reyes. Alizes y Rubi que había subido una peña mirando como su ejército avanzaba, cabalgaron para llegar hasta la primera formación y esperar noticias.
Pero Purpurea dijo:
— El castillo está completamente desprotegido. No hay centinelas, ni vigías. Y la puerta Or está totalmente abierta. Si entramos, es posible un ataque por los flancos.
— Esas trampas están pasadas de moda— Dice Rubí.
— No hay que subestimarlos. Aunque si es muy sospechoso que dejen el castillo si protección, casi como si quisieran que tomemos la ciudad.
— ¿Qué hacemos? Dice Purpurea.
Alizes intenta ver algo en su visión remota, pero no logra ver nada y observa todo el lugar abandonado. Sin ejércitos, sin personas, sin pueblo, sin animales. Luego toma una decisión.
— Envía un escuadrón a las puertas, y avísales que si son atacados que se regresen. Pero que si no encuentran resistencia, que inspeccionen tan solo los lugares cerca a las puertas. Si son emboscados que envíen una señal.
— Muy bien—. Purpurea envía un escuadrón de reconocimiento de 6 hombres, y envía como refuerzo dos pegazos para dar la señal.
Los hombres van y entran a la ciudad. Alizes, Rubí, y Purpurea se hallaban en un suspenso engullidor. El escuadrón no regresaba y las dos chicas de coletas se preocuparon; ambas miraron el rostro tranquilo de Alizes que miraba fijamente el pórtico de la ciudad, y como el silbido del viento apabullante les había sembrado la duda. ¿estaba totalmente deshabitada la ciudad? Los pensamientos se amontonaban en su cabeza como letreros uno tras el otro.
Alizes tan solo esperaba y esperaba; Rubí la imitaba, al igual que Purpurea que hacia lo que Rubi hacía.
Es entonces que aparece el escuadrón con los dos jinetes de apoyo que llegaron a donde estaba ella y le dijeron:
— Siento mucho la tardanza mi señora, pero toda la ciudad está deshabitada. Nos perdimos por un momento.
— ¿Que encontraron? — Dijo Rubi algo decepcionada con las noticias.
— Las calles están desoladas, las viviendas desocupadas. Solo el silencio reina en ese lugar.
— ¿Hay animales? — Pregunta Alizes, con una mirada altiva.
Al escuchar su voz el soldado se arrodilla y dice:
— No mi señora.
— ¿Hay alimentos?
— No mi señora.
— ¿Vasijas o algún objeto?
— No mi señora.
— ¿Me quieres decir que no hay absolutamente nada en ese lugar?
— No mi señora, las calles están solas, entramos a las casas y no hay objetos de valor alguno.
Alizes le pide a Sort que sobre vuele el castillo y este hace lo que dice:
Vuela sobre la ciudad y desde esa distancia admiraba las calles y las torres que estaban en total soledad. Y distingue el orbe gigante y el brillo azul que no perdía su intensidad en la cúspide, al rato de sobrevolar no ve nada fuera de lo común y le pide al huargo que la lleve de nuevo con su ejército.
Este llega y le dice a Purpurea:
— Que empiecen a movilizarse, entraremos a la ciudad.
Pero cuando esta aterriza, las puertas de la ciudad se cierran. El ejército se para y alguien a una gran velocidad cae del cielo e impacta el suelo.
El estruendo del golpe despide una estela de nieve que cubre la zona. Y una silueta negra se notaba en el ambiente.
Una mujer de pie, a escasos treinta metros del ejército, estaba firme en el suelo. Mirando de lado a lado la vastedad del ejercito dorado y rojo.
De cabellera blanca y ojos como perlas; vestía una túnica blanca con pliegues cortas para mostrar las piernas, que cubría con unas medias níveas, calzaba unos tacones de armadura dorada, y arropaba su cabeza con un gorro de cintas azules y el escudo de los White. Su pecho resaltaba en un corcel dorado que envolvía arriba y abajo su dorso y en medio de ellas un rombo dorado con una esmeralda incrustada, y junto a ello un gorjal de oro.
Alizes la miraba fijamente sin saber quién era o como es que llegó ahí.
Sort enseguida la reconoce como enemiga y arruga su frente y muestra sus colmillos mientras rugía; Alizes le toca como señal de avance, y toma camino a la mujer.
Pero al moverse, la matriarca estira su brazo y abre su mano: Y en el instante, sin que el ojo lo percibiera, espadas hechas de hielo apuntaban a la garganta de cada hombre y mujer que conformaba el ejército. Todos permanecieron sorprendidos por el acto tan veloz. Ni siquiera Alizes lo pudo predecir, y ella también se aterra y esconde su temor por el poder que residía en esa chica.
Las espadas flotaban y se mantenían a tan solo un centímetro de la carne.
La matriarca rompe su seriedad y muestra un sonrisa pícara y engreída.
Polvo de hielo remolineaban debajo de la espada que daba su forma, y giraban en sentido contrario de las agujas del reloj.
Ningún hombre de fuego o de trueno, se atrevía hacer algún movimiento.
Así luego, las espadas de hielo cayeron al suelo y se volvieron nieve.
— Sería muy fácil matarlos aquí y ahora— Dice la matriarca. —Pero no sería divertido para mi…
Alizes estaba desconcertada por el personaje que aparece ante ella con tal poder, pregunta a Rubí sobre ella. Y le dice:
— Ella es la matriarca Jsviel, es la cabeza principal de toda la raza blanca, las castas blancas la toman como su reina regente.
— Es muy joven— Le responde, —Ella debe ser tu contraparte en el sueño que tuviste.
— Eso parece, pero debe estar muy confiada en su poder como para aparecer sola en el campo de batalla contra un ejército de ambas castas.
— Es mejor lidiar con esto rápidamente— Responde Alizes.
Se dirige a ella pensando en que decirle.
Había demostrado que podía haberlos matados a todos si lo hubiera deseado en su momento, de una manera sorprendente y fugaz.
Y que intimidarla no serviría de nada, pero decidió probarle:
— ¡Ríndete! Somos más que tú, evita este bochorno— Le dice Alizes.
— ¿Crees que por que tienes detrás de ti un ejército, eso me intimidara? ¡Pude haberlos matado cuando hubieran salido de esa gruta!

Y era eso justo lo que Alizes temía; ella no tenía miedo, ni de ella, ni de los que estaban atrás de ella. Luego le dice:

— Has demostrado tener poder, y mucho orgullo mostrándote así de esta manera, ¿pero que harás ahora que no decidiste matarnos? Tenemos hombres que pueden contrarrestar ahora ese poder de hielo que nos mostraste.

La chica que hasta ahora tenía su brazo en posición de repetir el mismo ataque, lo baja y sonríe. — No necesito de un ejército para enfrentarlos, para eso tengo a Sifiro y Otomandi.

— ¿Quién es Sifiro y Otomandi? — Pregunta Alizes a Rubí y Purpurea. Pero ni ellas sabían de ellos. Sort habla telepáticamente y le dice:
— He escuchado de ellos mi ama, pero no tengo mucha información que nos pueda ayudar.
Alizes sin saber quién es, y al notar los rostros expectantes de los hombres y mujeres en el ejército, entiende que nadie sabía quién era Sifiro y Otomandi.
¿Sería algún tipo de guerreros poderosos?, pensaba Alizes, pero no veía a nadie más en el campo de batalla, ni en ningún otro lugar cerca o lejos, ni silueta de hombres o mujer que se apropiaran de ese nombre.
La matriarca estaba sola, mirando confiadamente el rostro curioso de Alizes y de las demás mujeres.
Todos miraban de un lado a otro, esperando que ese Sifiro y Otomandi aparecieran: Pero nadie salía para defender a la mujer que decía no tener necesidad de enfrentarlos con un ejército si no con solo dos nombres misteriosos.
— Veo que están impacientes por conocer a mis dos amigos. ¿Quieren conocerlos?
Rubí le dice exaltada:
— Deja tus juegos y ríndete, sin importar quienes sean no podrán con nosotros…
— … Cállate mocosa insolente. Al parecer eres la Dominata de los Redgroouk, ¿se supone que eres mi contraparte de fuego?
— ¿Cómo sabes de eso?
— Yo también tuve ese sueño, sobre las dos chicas, una eras tú y la otra era yo. Quien lo consume y quien lo preserva todo… Pero eso ya no importa, morirás aquí junto a tus mujeres y tus hombres en estas tierras heladas.
La mirada retorcida de la matriarca esboza en su semblante una sonrisa y carcajea por que se excitaba en tan solo pensar que ganaría la pelea. Y Rubí también algo enfadada le grita:
— Hija de…
— Espera Rubí— Alizes pone su mano en su hombro y le detiene, — No le prestes atención, ella nos provoca, de seguro inventó lo de Sifiro y Otomandi para ganar tiempo. Presta atención, si hubiera alguien aquí ya lo hubiéramos descubierto, pero no hay nada, solo viento y nieve. Debe ser algún tipo de trampa, no tenemos que caer en sus enmarañados juegos.
— ¿Eres estúpida mujer? ¿o el frio congelo tu razonamiento? — Jsviel se burla, y con su sonrisa despiadada le comenta. — A veces pienso que la estupidez debe ser erradicada, pero hoy haré una excepción, ¡si se arrodillan a mí y ustedes tres besan mis pies, perdonares sus insignificantes vidas! Tendrán que lamerlos como asquerosas escorias, que son.
Purpurea, y Rubí se ven fijamente y todos en el ejército también se miran y rompen en carcajadas, excepto Alizes, que pensaba en todas las posibilidades en que una sola persona pudiera ganar una batalla por si sola. Así que Rubí responde:
— ¡Tú eres la que debes besarnos los pies y pedirnos perdón— Grita Rubí! —Las razas blancas solo existen para servirnos, ustedes se condenaron a la esclavitud, tus ancestros fueron los que besaron nuestros pies, tu gente ahora son nuestra maldita mascota. Es más, te calcinaré hasta dejarte en cenizas.
El rostro de Jsviel se palideció y su gran sonrisa desapareció, y no dirigió devuelta ningún insulto o comentario.
— Ya me cansé de esto— Dice Alizes. — Si no nos vas a mostrar a esos guerreros, es mejor que acabemos con esto. Tu y yo, solo las dos, sin derramar sangra innecesaria, quien gane; la perdedora se sujetará a las órdenes de la otra.
— No, no— Grita Jsviel, — Seremos tú, yo y ellos.
Jsviel crea un cuerno enorme de hielo que cuando cae al suelo hace temblar la tierra, tan grande como una casa y tan reluciente como un jaspe. Jsviel sopla el cuerno y un bufo ensordecedor creo corrientes de aire como una tormenta y movía la nieve como arena. El mar forma olas al son del sonido, y la tierra temblaba.
Cuando Jsviel termina de soplar, el cuerno se convierte en polvo blanco y cae sobre la nieve. Y espera.
Alizes, Rubí, Purpurea, y junto a ellos todos los demás que se tapaban los oídos, esperaban el significado del cuerno y su estruendoso resoplido.
Y nada pasaba, solo Jsviel en el mismo lugar parada y sonriendo plácidamente mientras esperaba algo. Todos miraban el valle y nada aparecía.
— ¿Se supone que tenemos que esperar algo? — Pregunta Purpurea
— Espera que nos asustemos, es como dijo Alizes, ella solo compra tiempo con artimañas— Dijo Rubí.
Ar Dumis, se adelanta y llega a donde esta Alizes y le dice:
— Mi señora, todos estamos esperando; si esto continua, sea lo que ella este tramando, nos está haciendo perder tiempo. Ya usted y seis hombres del reconocimiento se han dado cuenta que no hay nadie más que ella en estas tierras. Ha perdido su oportunidad de matarnos cuando la tenía.
— No creo que ella pueda contra todos nosotros— Dice Purpurea confiada. Ante eso Fredys que estaba en el frente le dice:
— Podemos rodearla, y tomarla prisionera. Si los ejércitos y altos mandos supieran sobre su captura entrarían a negociar.
— Yo estoy de acuerdo con ella Alizes— Comenta Rubí; — es mejor que…
El suelo empieza a temblar.
De las laderas cae nieve y rocas, el puerto que estaba a varios metros del castillo se derrumba por el temblor, las aguas se agitan y una montaña liquida se acerca a la costa. Los locales del puerto se hunden y surge del mar dos cabezas blancas de serpientes.

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