El nombre del viento (Crónica del asesino de reyes: primer día)

Autor: Patrick Rothfuss

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ENDV - Prólogo
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Un Silencio Triple

Volvía a ser de noche. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.

El silencio más obvio era una calma hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre las ramas, habría hecho chirriar el letrero de la posada en sus ganchos y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en otoño. Si hubiera habido gente en la posada, aunque solo fuera un puñado de clientes, ellos habrían llenado el silencio con su conversación y sus risas, y con el barullo y el tintineo propios de una taberna a altas horas de la noche. Si hubiera habido música… pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, y por eso persistía el silencio.

En la posada Roca de Guía, un par de hombres, apiñados en un extremo de la barra, bebían con tranquila determinación, evitando las discusiones serias sobre noticias perturbadoras. Su presencia añadía otro silencio, pequeño y sombrío, al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de aleación, un contrapunto.

El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas una hora escuchando, quizá empezaras a notarlo en el suelo de madera y en los bastos y astillados barriles que había detrás de la barra. Estaba en el peso de la chimenea de piedra negra, que conservaba el calor de un fuego que ya llevaba mucho rato apagado. Estaba en el lento ir y venir de un trapo de hilo blanco que frotaba el veteado de la barra. Y estaba en las manos del hombre allí de pie, sacándole brillo a una superficie de caoba que ya brillaba bajo la luz de la lámpara.

El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.

La posada Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.


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ENDV - Capitulo 1
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Un sitio para los demonios

Era una noche de Abatida, y la clientela habitual se había reunido en la

Roca de Guía. No podía decirse que cinco personas formaran un grupo

muy numeroso, pero últimamente, en los tiempos que corrían, nunca se

reunían más de cinco clientes en la taberna.

El viejo Cob oficiaba de narrador y suministrador de consejos. Los que

estaban sentados a la barra bebían y escuchaban. En la cocina, un joven

posadero, de pie junto a la puerta, sonreía mientras escuchaba los detalles de

una historia que ya conocía.

—Cuando despertó, Táborlin el Grande estaba encerrado en una alta torre.

Le habían quitado la espada y lo habían despojado de sus herramientas: no

tenía ni la llave, ni la moneda ni la vela. Pero no creáis que eso era lo peor…

—Cob hizo una pausa para añadir suspense— ¡porque las lámparas de la

pared ardían con llamas azules!

Graham, Jake y Shep asintieron con la cabeza. Los tres amigos habían

crecido juntos, escuchando las historias que contaba Cob e ignorando sus

consejos.

Cob miró con los ojos entrecerrados al miembro más nuevo y más atento

de su reducido público, el aprendiz de herrero.

—¿Sabes qué significaba eso, muchacho? —Llamaban «muchacho» al

aprendiz de herrero, pese a que les pasaba un palmo a todos. Los pueblos

pequeños son así, y seguramente seguirían llamándolo «muchacho» hasta que

tuviera una barba poblada o hasta que, harto de ese apelativo, hiciera sangrar

a alguien por la nariz.

El muchacho asintió lentamente y respondió:

—Los Chandrian.

—Exacto —confirmó Cob—. Los Chandrian. Todo el mundo sabe que el

fuego azul es una de sus señales. Pues bien, estaba…

—Pero ¿cómo lo habían encontrado? —lo interrumpió el muchacho—. Y

¿por qué no lo mataron cuando tuvieron ocasión?

—Cállate, o sabrás todas las respuestas antes del final —dijo Jake—. Deja

que nos lo cuente.

—No le hables así, Jake —intervino Graham—. Es lógico que el

muchacho sienta curiosidad. Bébete tu cerveza.

—Ya me la he bebido —refunfuñó Jake—. Necesito otra, pero el

posadero está despellejando ratas en la cocina. —Subió la voz y golpeó la

barra de caoba con su jarra vacía—. ¡Eh! ¡Aquí hay unos hombres sedientos!

El posadero apareció con cinco cuencos de estofado y dos hogazas

calientes de pan. Les sirvió más cerveza a Jake, a Shep y al viejo Cob,

moviéndose con vigor y desenvoltura.

Los hombres interrumpieron el relato mientras daban cuenta de la cena. El

viejo Cob se zampó su cuenco de estofado con la eficacia depredadora de un

soltero de toda la vida. Los otros todavía estaban soplando en su estofado para

enfriarlo cuando él se terminó el pan y retomó la historia.

—Táborlin tenía que huir, pero cuando miró alrededor vio que en su celda

no había puerta. Ni ventanas. Lo único que había era piedra lisa y dura. Una

celda de la que jamás había escapado nadie.

»Pero Táborlin conocía el nombre de todas las cosas, y todas las cosas

estaban a sus órdenes. Le dijo a la piedra: “¡Rómpete!”, y la piedra se rompió.

La pared se partió como una hoja de papel, y por esa brecha Táborlin vio el

cielo y respiró el dulce aire primaveral. Se acercó al borde, miró hacia abajo

y, sin pensárselo dos veces, se lanzó al vacío…

El muchacho abrió mucho los ojos.

—¡No! —exclamó.

Cob asintió con seriedad.

—Táborlin se precipitó, pero no perdió la esperanza. Porque conocía el

nombre del viento, y el viento le obedeció. Le habló al viento, y este lo meció

y lo acarició. Lo bajó hasta el suelo suavemente, como si fuera un vilano de

cardo, y lo posó de pie con la dulzura del beso de una madre.

»Y cuando Táborlin llegó al suelo y se tocó el costado, donde lo habían

apuñalado, vio que no tenía más que un rasguño. Quizá fuera cuestión de

suerte —Cob se dio unos golpecitos en el puente de la nariz, con aire de

complicidad—, o quizá tuviera algo que ver con el amuleto que llevaba

debajo de la camisa.

—¿Qué amuleto? —preguntó el muchacho intrigado, con la boca llena de

estofado.

El viejo Cob se inclinó hacia atrás en el taburete, contento de que le

exigieran más detalles.

—Unos días antes, Táborlin había conocido a un calderero en el camino.

Y aunque Táborlin no llevaba mucha comida, compartió su cena con el

anciano.

—Una decisión muy sensata —le dijo Graham en voz baja al muchacho

—. Porque como sabe todo el mundo, «Un calderero siempre paga

doblemente los favores».

—No, no —rezongó Jake—. Dilo bien: «Con un consejo paga doble el

calderero el favor imperecedero».

El posadero, que estaba plantado en la puerta de la cocina, detrás de la

barra, habló por primera vez esa noche.

—Te dejas más de la mitad:

Siempre sus deudas paga el calderero:

paga una vez cuando lo ha comprado,

paga doble a quien le ha ayudado,

paga triple a quien le ha insultado.

Los hombres que estaban sentados a la barra se mostraron casi

sorprendidos de ver a Kote allí de pie. Llevaban meses yendo a la Roca de

Guía todas las noches de Abatida, y hasta entonces Kote nunca había

participado en la conversación. De hecho, eso no le extrañaba a nadie. Solo

llevaba un año en el pueblo; todavía lo consideraban un forastero. El aprendiz

de herrero vivía allí desde los once años y seguían llamándole «ese chico de

Rannish», como si Rannish fuera un país extranjero y no un pueblo que estaba

a menos de cincuenta kilómetros de allí.

—Lo oí decir una vez —dijo Kote, notablemente turbado, para llenar el

silencio.

El viejo Cob asintió con la cabeza, carraspeó y retomó el hilo de la

historia.

—Pues bien, ese amuleto valía un cubo lleno de reales de oro, pero para

recompensar a Táborlin por su generosidad, el calderero se lo vendió por solo

un penique de hierro, un penique de cobre y un penique de plata. Era negro

como una noche de invierno y estaba frío como el hielo, pero mientras lo

llevara colgado del cuello, Táborlin estaría a salvo de todas las cosas

malignas. Demonios y demás.

—Daría lo que fuera por una cosa así en los tiempos que corren —dijo

Shep, sombrío. Era el que más había bebido y el que menos había hablado en

el curso de la velada. Todos sabían que algo malo había pasado en su granja

la noche del Prendido pasado, pero como eran buenos amigos, no le habían

insistido para que se lo contara. Al menos no tan pronto, ni estando todos tan

sobrios.

—Ya, ¿y quién no? —dijo el viejo Cob diplomáticamente, y dio un largo

sorbo de su cerveza.

—No sabía que los Chandrian fueran demonios —dijo el muchacho—.

Tenía entendido…

—No son demonios —dijo Jake con firmeza—. Fueron las seis primeras

personas que rechazaron el camino marcado por Tehlu, y él los maldijo y los

condenó a deambular por los rincones de…

—¿Eres tú quien cuenta esta historia, Jacob Walker? —saltó Cob—.

Porque si es así, puedes continuar.

Los dos hombres se miraron largo rato con fijeza. Al final, Jake desvió la

mirada y masculló algo que quizá fuera una disculpa.

Cob se volvió hacia el muchacho y explicó:

—Ese es el misterio de los Chandrian. ¿De dónde vienen? ¿Adónde van

después de cometer sus sangrientos crímenes? ¿Son hombres que vendieron

su alma? ¿Demonios? ¿Espíritus? Nadie lo sabe. —Cob le lanzó una mirada

de profundo desdén a Jake y añadió—: Aunque los imbéciles aseguren

saberlo…

A partir de ese momento, la historia dio pie a numerosas discusiones sobre

la naturaleza de los Chandrian, sobre las señales que alertaban de su presencia

a los que estaban atentos y sobre si el amuleto protegería a Táborlin de los

bandidos, o de los perros enloquecidos, o de las caídas del caballo. La

conversación se estaba acalorando cuando la puerta se abrió de par en par.

Jake giró la cabeza.

—Ya era hora, Carter. Explícale a este idiota cuál es la diferencia entre un

demonio y un perro. Todo el mundo sab… —Jake se interrumpió y corrió

hacia la puerta—. ¡Por el cuerpo de Dios! ¿Qué te ha pasado?

Carter dio un paso hacia la luz; estaba pálido y tenía la cara manchada de

sangre. Apretaba contra el pecho una vieja manta de montar a caballo con una

forma extraña, incómoda de sujetar, como si llevara un montón de astillas

para prender el fuego.

Al verlo, sus amigos se levantaron de los taburetes y corrieron hacia él.

—Estoy bien —dijo Carter mientras entraba lentamente en la taberna.

Tenía los ojos muy abiertos, como un caballo asustadizo—. Estoy bien, estoy

bien.

Dejó caer la manta encima de la mesa más cercana, y el fardo golpeó con

un ruido sonoro contra la madera, como si estuviera cargado de piedras. Tenía

la ropa llena de cortes largos y rectos. La camisa gris colgaba hecha jirones,

salvo donde la tenía pegada al cuerpo, manchada de una sustancia mate de

color rojo oscuro.

Graham intentó sentarlo en una silla.

—Madre de Dios. Siéntate, Carter. ¿Qué te ha pasado? Siéntate.

Carter sacudió la cabeza con testarudez.

—Ya os he dicho que estoy bien. No estoy malherido.

—¿Cuántos eran? —preguntó Graham.

—Uno —respondió Carter—. Pero no es lo que pensáis…

—Maldita sea. Ya te lo dije, Carter —prorrumpió el viejo Cob con la

mezcla de susto y enfado propia de los parientes y de los amigos íntimos—.

Llevo meses diciéndotelo. No puedes salir solo. No puedes ir hasta Baedn. Es

peligroso. —Jake le puso una mano en el brazo al anciano para hacerlo callar.

—Venga, siéntate —insistió Graham, que todavía intentaba llevar a Carter

hasta una silla—. Quítate esa camisa para que podamos lavarte.

Carter sacudió la cabeza.

—Estoy bien. Tengo algunos cortes, pero la sangre es casi toda de Nelly.

Le saltó encima. La mató a unos tres kilómetros del pueblo, más allá del

Puente Viejo.

Esa noticia fue recibida con un profundo silencio. El aprendiz de herrero

le puso una mano en el hombro a Carter y dijo, comprensivo:

—Vaya. Lo siento mucho. Era dócil como un cordero. Cuando nos la

traías a herrar, nunca intentaba morder ni tirar coces. El mejor caballo del

pueblo. ¡Maldita sea! Yo… —balbuceó—. Caray. No sé qué decir. —Miró

alrededor con gesto de impotencia.

Cob consiguió soltarse de Jake.

—Ya te lo dije —repitió apuntando a Carter con el dedo índice—.

Últimamente hay por ahí tipos capaces de matarte por un par de peniques, y

no digamos por un caballo y un carro. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Tirar tú del

carro?

Hubo un momento de incómodo silencio. Jake y Cob se miraron con odio;

los demás parecían no saber qué decir ni cómo consolar a su amigo.

Sin llamar la atención, el posadero se abrió paso entre el silencio. Pasó

con destreza al lado de Shep, con los brazos cargados de objetos, que empezó

a disponer encima de una mesa cercana: un cuenco de agua caliente, unas

tijeras, unos retales de sábanas limpios, unas cuantas botellas de cristal, aguja

e hilo de tripa.

—Si me hubiera hecho caso, esto no habría pasado —masculló el viejo

Cob. Jake intentó hacerlo callar, pero Cob lo ignoró—. Solo digo la verdad.

Lo de Nelly es una lástima, pero será mejor que me escuche ahora si no

quiere acabar muerto. Con esa clase de tipos, no se tiene suerte dos veces.

Carter apretó los labios dibujando una fina línea. Estiró un brazo y tiró del

extremo de la manta ensangrentada. Lo que había dentro rodó sobre sí mismo

una vez y se enganchó en la tela. Carter dio otro tirón y se oyó un fuerte

ruido, como si hubieran vaciado un saco de guijarros encima de la mesa.

Era una araña negra como el carbón y del tamaño de una rueda de carro.

El aprendiz de herrero dio un brinco hacia atrás, chocó contra una mesa, la

derribó y estuvo a punto de caer él también al suelo. El rostro de Cob se

aflojó. Graham, Shep y Jake dieron gritos inarticulados y se apartaron

llevándose las manos a la cara. Carter retrocedió un paso en un gesto

crispado. El silencio inundó la habitación como un sudor frío.

El posadero frunció el ceño.

—No puede ser que ya hayan llegado tan al oeste —dijo en voz baja.

De no ser por el silencio, lo más probable es que nadie lo hubiera oído.

Pero lo oyeron. Todos apartaron la vista de aquella cosa que había encima de

la mesa y miraron, mudos, al pelirrojo.

Jake fue el primero en recuperar el habla:

—¿Sabes qué es?

El posadero tenía la mirada ausente.

—Un escral —respondió, ensimismado—. Creí que las montañas…

—¿Un escral? —le cortó Jake—. Por el carbonizado cuerpo de Dios,

Kote. ¿Habías visto alguna vez una cosa como esa?

—¿Cómo? —El posadero levantó bruscamente la cabeza, como si de

pronto hubiera recordado dónde estaba—. Ah, no. No, claro que no. —Al ver

que era el único que se había quedado a escasa distancia de aquella cosa

negra, dio un paso hacia atrás—. Es algo que oí decir. —Todos lo miraron—.

¿Os acordáis del comerciante que vino hace un par de ciclos?

Todos asintieron.

—El muy capullo intentó cobrarme diez peniques por media libra de sal

—dijo Cob automáticamente, repitiendo esa queja por enésima vez.

—Debí comprarle un poco —murmuró Jake. Graham asintió en silencio.

—Era un miserable —escupió Cob con desprecio, como si aquellas

palabras tan familiares lo reconfortaran—. En un momento de apuro, podría

pagarle dos, pero diez es un robo.

—No es un robo si hay más cosas de esas en el camino —dijo Shep,

sombrío.

Todos volvieron a dirigir la mirada hacia la cosa que estaba encima de la

mesa.

—Comentó que había oído decir que los habían visto cerca de Melcombe

—se apresuró a decir Kote escudriñando el rostro de sus clientes, que seguían

observando aquella cosa—. Creí que solo pretendía subir los precios.

—¿Qué más te contó? —preguntó Carter.

El posadero se quedó un momento pensativo y luego se encogió de

hombros.

—No me enteré de toda la historia. Solo se quedó un par de horas en el

pueblo.

—No me gustan las arañas —dijo el aprendiz de herrero. Se había

quedado a más de cuatro metros de la mesa—. Tapadla.

—No es una araña —aclaró Jake—. No tiene ojos.

—Tampoco tiene boca —apuntó Carter—. ¿Cómo come?

—¿Qué come? —preguntó Shep, sombrío.

El posadero seguía observando aquella cosa con curiosidad. Se acercó un

poco más y estiró un brazo. Los demás se apartaron un poco más de la mesa.

—Cuidado —dijo Carter—. Tiene las patas afiladas como cuchillos.

—Como navajas de afeitar, diría yo —dijo Kote. Acarició con sus largos

dedos el cuerpo negro e informe del escral—. Es duro y suave, como la

cerámica.

—No lo toques —dijo el aprendiz de herrero.

Con cuidado, el posadero cogió una de las largas y lisas patas e intentó

partirla con ambas manos, como si fuera un palo.

—No, no es duro como la cerámica —rectificó. La puso contra el borde

de la mesa y se apoyó en ella con todo el peso del cuerpo. La pata se partió

con un fuerte crac—. Parece más bien de piedra. —Miró a Carter y preguntó

—: ¿Cómo se hizo todas esas grietas? —Señaló las finas rajas que cubrían la

lisa y negra superficie del cuerpo.

—Nelly se le cayó encima —explicó Carter—. Esa cosa saltó de un árbol

y empezó a trepar por ella, haciéndole cortes con las patas. Se movía muy

deprisa. Yo ni siquiera sabía qué estaba pasando. —Ante la insistencia

de Graham, Carter se dejó caer, por fin, en la silla—. Nelly se enredó con el

arnés, se cayó encima de esa cosa y le rompió unas cuantas patas. Entonces

eso se dirigió hacia mí, se me subió encima y empezó a treparme por todo el

cuerpo. —Cruzó los brazos sobre el pecho ensangrentado y se estremeció—.

Conseguí quitármelo de encima y lo pisé con todas mis fuerzas. Entonces

volvió a subírseme… —Dejó la frase sin terminar; estaba pálido como la cera.

El posadero asintió con la cabeza y siguió examinando aquella cosa.

—No tiene sangre. Ni órganos. Por dentro es solo una masa gris. —

Hundió un dedo—. Como una seta.

—¡Por Tehlu! ¡No la toques más! —dijo, suplicante, el aprendiz de

herrero—. A veces las arañas pican después de muertas.

—¿Queréis hacer el favor? —intervino Cob con mordacidad—. Las

arañas no son grandes como cerdos. Ya sabéis qué es esa cosa. —Miró

alrededor, deteniéndose en cada uno de los presentes—. Es un demonio.

Todos miraron aquella cosa rota.

—No digas tonterías —dijo Jake, acostumbrado a llevar la contraria—.

No es como… —Hizo un ademán vago—. No puede…

Todos sabían qué estaba pensando. Era verdad que existían los demonios.

Pero eran como los ángeles de Tehlu. Eran como los héroes y como los reyes:

pertenecían al mundo de las historias. Táborlin el Grande invocaba al fuego y

a los rayos para destruir demonios. Tehlu los destrozaba con las manos y los

lanzaba, aullantes, a un vacío innombrable. Tu amigo de la infancia no

mataba uno a pisotones en el camino de BaednBryt. Eso era ridículo.

Kote se pasó una mano por el cabello rojo, y luego interrumpió el

silencio:

—Solo hay una forma de saberlo —dijo metiéndose una mano en el

bolsillo—. Hierro o fuego. —Sacó una abultada bolsita de cuero.

—Y el nombre de Dios —puntualizó Graham—. Los demonios temen tres

cosas: el hierro frío, el fuego limpio y el sagrado nombre de Dios.

El posadero apretó los labios sin llegar a esbozar una mueca de desagrado.

—Claro —dijo mientras vaciaba la bolsita de cuero sobre la mesa, y

empezó a rebuscar entre las monedas. Había pesados talentos de plata, finos

sueldos de plata, iotas de cobre, medios peniques y drabines de hierro—.

¿Alguien tiene un ardite?

—Hazlo con un drabín —propuso Jake—. Son de hierro del bueno.

—No quiero hierro del bueno —replicó el posadero—. Los drabines

tienen demasiado carbono. Es casi todo acero.

—Tiene razón —terció el aprendiz de herrero—. Pero no es carbono. Para

hacer acero se emplea coque. Coque y cal.

El posadero asintió con deferencia.

—Tú lo sabes mucho mejor que yo, joven maestro. Al fin y al cabo, te

dedicas a eso. —Sus largos dedos encontraron por fin un fino ardite entre el

montón de monedas. Lo alzó—. Aquí está.

—¿Qué le hará? —preguntó Jake.

—El hierro mata a los demonios —dijo Cob con voz vacilante—, pero

este ya está muerto. Quizá no le haga nada.

—Solo hay una forma de averiguarlo. —El posadero los miró a todos a

los ojos, uno por uno, como tanteándolos. Luego se volvió con decisión hacia

la mesa, y todos se apartaron un poco.

Kote apretó el ardite de hierro contra el negro costado de aquella criatura

y se oyó un breve e intenso crujido, como el de un leño de pino al partirse en

el fuego. Todos se sobresaltaron, y luego se relajaron al ver que aquella cosa

negra seguía sin moverse. Cob y los demás intercambiaron unas sonrisas

temblorosas, como niños asustados por una historia de fantasmas. Pero se les

borró la sonrisa de los labios cuando la habitación se llenó del dulce y acre

olor a flores podridas y pelo quemado.

El posadero puso el ardite sobre la mesa con un fuerte clic.

—Bueno —dijo secándose las manos en el delantal—. Supongo que ya ha

quedado claro. ¿Qué hacemos ahora?

Unas horas más tarde, el posadero, plantado en la puerta de la Roca de Guía,

descansó la vista contemplando la oscuridad. Retazos de luz procedentes de

las ventanas de la posada se proyectaban sobre el camino de tierra y las

puertas de la herrería de enfrente. No era un camino muy ancho, ni muy

transitado. No parecía que condujera a ninguna parte, como pasa con algunos

caminos. El posadero inspiró el aire otoñal y miró alrededor, inquieto, como

si esperase que sucediera algo.

Se hacía llamar Kote. Había elegido ese nombre cuidadosamente cuando

llegó a ese lugar. Había adoptado un nuevo nombre por las razones

habituales, y también por algunas no tan habituales, entre las que estaba el

hecho de que, para él, los nombres tenían importancia.

Miró hacia arriba y vio un millar de estrellas centelleando en el oscuro

terciopelo de una noche sin luna. Las conocía todas, sus historias y sus

nombres. Las conocía bien y le eran tan familiares como, por ejemplo, sus

propias manos.

Miró hacia abajo, suspiró sin darse cuenta y entró en la posada. Echó el

cerrojo de la puerta y cerró las grandes ventanas de la taberna, como si

quisiera alejarse de las estrellas y de sus muchos nombres.

Barrió el suelo metódicamente, sin dejarse ni un rincón. Limpió las mesas

y la barra, desplazándose de un sitio a otro con paciente eficacia. Tras una

hora de trabajo, el agua del cubo todavía estaba tan limpia que una dama

habría podido lavarse las manos con ella.

Por último, llevó un taburete detrás de la barra y empezó a limpiar el

enorme despliegue de botellas apretujadas entre los dos inmensos barriles.

Esa tarea no la realizó con tanto esmero como las otras, y pronto se hizo

evidente que limpiar las botellas era solo un pretexto para tener las manos

ocupadas. Incluso tarareó un poco, aunque ni se dio cuenta; si lo hubiera

sabido, habría dejado de hacerlo.

Hacía girar las botellas con sus largas y elegantes manos, y la familiaridad

de ese movimiento borró algunas arrugas de cansancio de su rostro,

haciéndolo parecer más joven, por debajo de los treinta años. Muy por debajo

de los treinta años. Era joven para ser posadero. Era joven para que se

marcaran en su rostro tantas arrugas de cansancio.

Kote llegó al final de la escalera y abrió la puerta. Su habitación era austera,

casi monacal. En el centro había una chimenea de piedra negra, un par de

butacas y una mesita. Aparte de eso, no había más muebles que una cama

estrecha con un gran arcón oscuro a los pies. Ninguna decoración en las

paredes, nada que cubriera el suelo de madera.

Se oyeron pasos en el pasillo, y un joven entró en la habitación con un

cuenco de estofado que humeaba y olía a pimienta. Era moreno y atractivo,

con la sonrisa fácil y unos ojos que revelaban astucia.

—Hacía semanas que no subías tan tarde —dijo al mismo tiempo que le

daba el cuenco—. Esta noche deben de haber contado buenas historias, Reshi.

Reshi era otro de los nombres del posadero, casi un apodo. Al oírlo, una

de las comisuras de su boca se desplazó componiendo una sonrisa irónica, y

se sentó en la butaca que había delante del fuego.

—A ver, Bast, ¿qué has aprendido hoy?

—Hoy, maestro, he aprendido por qué los grandes amantes tienen mejor

vista que los grandes eruditos.

—Ah, ¿sí? Y ¿por qué es, Bast? —preguntó Kote con un deje jocoso en la

voz.

Bast cerró la puerta y se sentó en la otra butaca, girándola para colocarse

enfrente de su maestro y del fuego. Se movía con una elegancia y una

delicadeza extrañas, casi como si danzara.

—Verás, Reshi, todos los libros interesantes se encuentran en lugares

interiores y mal iluminados. En cambio, las muchachas adorables suelen estar

al aire libre, y por lo tanto es mucho más fácil estudiarlas sin riesgo de

estropearse la vista.

Kote asintió.

—Pero un alumno excepcionalmente listo podría llevarse un libro afuera,

y así podría mejorar sin temor a perjudicar su valiosa facultad de la vista.

—Lo mismo pensé yo, Reshi. Que soy, por supuesto, un alumno

excepcionalmente listo.

—Por supuesto.

—Pero cuando encontré un sitio al sol donde podía leer, una muchacha

hermosa se me acercó y me impidió dedicarme a la lectura —terminó Bast

con un floreo.

Kote dio un suspiro.

—¿Me equivoco si deduzco que hoy no has podido leer ni una página de

Celum Tinture?

Bast compuso un gesto de falso arrepentimiento.

Kote miró el fuego y trató de adoptar una expresión severa, pero no lo

consiguió.

—¡Ay, Bast! Espero que esa muchacha fuera tan adorable como una brisa

templada bajo la sombra de un árbol. Ya sé que soy un mal maestro por

decirlo, pero me alegro. Ahora mismo no estoy muy inspirado para una larga

tanda de lecciones. —Hubo un momento de silencio—. Esta noche a Carter lo

ha atacado un escral.

La fácil sonrisa de Bast desapareció como si se le resquebrajara una

máscara, dejándole un semblante pálido y afligido.

—¿Un escral? —Hizo ademán de levantarse, como si pensara salir

corriendo de la habitación; entonces frunció el ceño, abochornado, y se obligó

a sentarse de nuevo en la butaca—. ¿Cómo lo sabes? ¿Quién ha encontrado su

cadáver?

—Carter sigue vivo, Bast. Lo ha traído aquí. Solo había uno.

—No puede haber un solo escral —dijo Bast con rotundidad—. Ya lo

sabes.

—Sí, lo sé —afirmó Kote—. Pero el hecho es que solo había uno.

—¿Y dices que Carter lo mató? —se extrañó Bast—. No pudo ser un

escral. Quizá…

—Era un escral, Bast. Lo he visto con mis propios ojos. —Kote lo miró

con seriedad y añadió—: Carter tuvo suerte, eso es todo. Aunque quedó muy

malherido. Le he dado cuarenta y ocho puntos. He gastado casi todo el hilo de

tripa que tenía. —Kote cogió su cuenco de estofado y prosiguió—: Si alguien

pregunta, diles que mi abuelo era un guardia de caravanas que me enseñó a

limpiar y coser heridas. Esta noche estaban todos demasiado conmocionados

para hacer preguntas, pero mañana algunos sentirán curiosidad. Y eso no me

interesa. —Sopló en el cuenco levantando una nube de vaho que le tapó la

cara.

—¿Qué has hecho con el cadáver?

—Yo no he hecho nada con el cadáver —aclaró Kote—. Yo solo soy un

posadero. No me corresponde ocuparme de ese tipo de cosas.

—No puedes dejar que se las arreglen ellos solos, Reshi.

Kote suspiró.

—Se lo han llevado al sacerdote, que ha hecho todo lo que hay que hacer,

aunque por motivos totalmente equivocados.

Bast abrió la boca pero, antes de que pudiera decir algo, Kote continuó:

—Sí, me he asegurado de que la fosa fuera lo bastante profunda. Sí, me he

asegurado de que hubiera madera de serbal en el fuego. Sí, me he asegurado

de que ardiera bien antes de que lo enterrasen. Y sí, me he asegurado de que

nadie se quedara un trozo como recuerdo. —Frunció la frente hasta juntar las

cejas—. No soy idiota, ¿sabes?

Bast se relajó notablemente y se recostó de nuevo en la butaca.

—Ya sé que no eres idiota, Reshi. Pero yo no confiaría en que la mitad de

esos tipos sean capaces de mear a sotavento sin ayuda. —Se quedó un

momento pensativo—. No me explico que solo hubiese uno.

—Quizá murieran cuando atravesaron las montañas —sugirió Kote—.

Todos menos ese.

—Puede ser —admitió Bast de mala gana.

—Quizá fuera esa tormenta de hace un par de días —apuntó Kote—. Fue

una auténtica tumbacarretas, como las llamábamos en la troupe. El viento y la

lluvia podrían haber hecho que uno se separara de la manada.

—Me gusta más tu primera idea, Reshi —dijo Bast, incómodo—. Tres o

cuatro escrales en este pueblo serían como… como…

—¿Como un cuchillo caliente cortando mantequilla?

—Como varios cuchillos calientes cortando a varias docenas de granjeros,

más bien —repuso Bast con aspereza—. Esos tipos no saben defenderse.

Apuesto a que entre todos no llegarían a juntar seis espadas. Aunque las

espadas no servirían de mucho contra los escrales.

Hubo un largo y reflexivo silencio. Al cabo de un rato, Bast empezó a

moverse, inquieto, en la butaca.

—¿Alguna noticia?

Kote negó con la cabeza.

—Esta noche no han llegado a las noticias. Carter los ha interrumpido

cuando todavía estaban contando historias. Eso ya es algo, supongo. Volverán

mañana por la noche. Así tendré algo que hacer.

Kote metió distraídamente la cuchara en el estofado.

—Debí comprarle ese escral a Carter —musitó—. Así él habría podido

comprarse otro caballo. Habría venido gente de todas partes a verlo.

Habríamos tenido trabajo, para variar.

Bast lo miró horrorizado.

Kote lo tranquilizó con un gesto de la mano con que sujetaba la cuchara.

—Lo digo en broma, Bast. —Esbozó una sonrisa floja—. Pero habría

estado bien.

—No, Reshi. No habría estado nada bien —dijo Bast con mucho énfasis

—. «Habría venido gente de todas partes a verlo» —repitió con sorna—. Ya

lo creo.

—Habría sido bueno para el negocio —aclaró Kote—. Me vendría bien

un poco de trabajo. —Volvió a meter la cuchara en el estofado—. Cualquier

cosa me vendría bien.

Se quedaron callados largo rato. Kote contemplaba su cuenco de estofado

con la frente arrugada y la mirada ausente.

—Esto debe de ser horrible para ti, Bast —dijo por fin—. Debes de estar

muerto de aburrimiento.

Bast se encogió de hombros.

—Hay unas cuantas esposas jóvenes en el pueblo. Y unas cuantas

doncellas. —Sonrió como un niño—. Sé buscarme diversiones.

—Me alegro, Bast. —Hubo otro silencio. Kote cogió otra cucharada,

masticó y tragó—. Creían que era un demonio.

Bast se encogió de hombros.

—Es mejor así, Reshi. Seguramente es mejor que piensen eso.

—Ya lo sé. De hecho, yo he colaborado a que lo piensen. Pero ya sabes

qué significa eso. —Miró a Bast a los ojos—. El herrero va a tener un par de

días de mucho trabajo.

El rostro de Bast se vació lentamente de toda expresión.

—Ya.

Kote asintió.

—Si quieres marcharte no te lo reprocharé, Bast. Tienes sitios mejores

donde estar que este.

Bast estaba perplejo.

—No podría marcharme, Reshi. —Abrió y cerró la boca varias veces, sin

saber qué decir—. ¿Quién me instruiría?

Kote sonrió, y por un instante su semblante mostró lo joven que era en

realidad. Pese a las arrugas de cansancio y a la plácida expresión de su rostro,

el posadero no parecía mayor que su moreno compañero.

—Eso. ¿Quién? —Señaló la puerta con la cuchara—. Vete a leer, o a

perseguir a la hija de algún granjero. Estoy seguro de que tienes cosas

mejores que hacer que verme comer.

—La verdad es que…

—¡Fuera de aquí, demonio! —dijo Kote, y con la boca llena, y con un

marcado acento témico, añadió—: ¡Tehus antausa eha!

Bast rompió a reír e hizo un gesto obsceno con una mano.

Kote tragó y cambió de idioma:

—¡Aroi te dennaleyan!

—¡Pero bueno! —le reprochó Bast, y la sonrisa se borró de sus labios—.

¡Eso es un insulto!

—¡Por la tierra y por la piedra, abjuro de ti! —Kote metió los dedos en la

jarra que tenía al lado y le lanzó unas gotas a Bast—. ¡Que pierdas todos tus

encantos!

—¿Con sidra? —Bast consiguió parecer divertido y enojado a la vez,

mientras recogía una gota de líquido de la pechera de su camisa—. Ya puedes

rezar para que esto no manche.

Kote comió un poco más.

—Ve a lavarla. Si la situación es desesperada, te recomiendo que utilices

alguna de las numerosas fórmulas disolventes que aparecen en Celum Tinture.

Capítulo trece, creo.

—Está bien. —Bast se levantó y fue hacia la puerta, caminando con su

extraña y desenfadada elegancia—. Llámame si necesitas algo. —Salió y

cerró la puerta.

Kote comió despacio, rebañando hasta la última gota de salsa del cuenco

con un trozo de pan. Mientras comía, miraba por la ventana, o lo intentaba,

porque la luz de la lámpara hacía espejear el cristal contra la oscuridad de

fuera.

Inquieto, paseó la mirada por la habitación. La chimenea estaba hecha de

la misma piedra negra que la que había en el piso de abajo. Estaba en el

centro de la habitación, una pequeña hazaña de ingeniería de la que Kote se

sentía muy orgulloso. La cama era pequeña, poco más que un camastro, y si la

tocabas veías que el colchón era casi inexistente.

Un observador avezado se habría fijado en que había algo que la mirada

de Kote evitaba. De la misma manera que se evita mirar a los ojos a una

antigua amante en una cena formal, o a un viejo enemigo al que se encuentra

en una concurrida taberna a altas horas de la noche.

Kote intentó relajarse, no lo consiguió, se retorció las manos, suspiró, se

revolvió en la butaca, y al final no pudo evitar que sus ojos se fijaran en el

arcón que había a los pies de la cama.

Era de roah, una madera poco común, pesada, negra como el carbón y lisa

como el cristal. Muy valorada por perfumistas y alquimistas, un trozo del

tamaño de un pulgar valía oro. Un arcón hecho de esa madera era un auténtico

lujo.

El arcón tenía tres cierres. Uno era de hierro; otro, de cobre, y el tercero

era invisible. Esa noche, la madera impregnaba la habitación de un aroma casi

imperceptible a cítricos y a hierro recién enfriado.

Cuando Kote posó la mirada en el arcón, no la apartó rápidamente. Sus

ojos no resbalaron con astucia hacia un lado, fingiendo no haber reparado en

él. Pero solo con mirarlo un momento, su rostro recuperó todas las arrugas

que los sencillos placeres del día habían borrado. El consuelo que le habían

proporcionado sus botellas y sus libros se esfumó en un segundo, dejando

detrás de sus ojos solo vacío y dolor. Por un instante, una nostalgia y un pesar

intensos se reflejaron en su cara.

Entonces desaparecieron, y los sustituyó el rostro cansado de un posadero,

un hombre que se hacía llamar Kote. Volvió a suspirar sin darse cuenta y se

puso en pie.

Tardó un buen rato en pasar al lado del arcón y en llegar a la cama. Una

vez acostado, tardó un buen rato en conciliar el sueño.

Tal como Kote había imaginado, a la noche siguiente volvieron todos a la

Roca de Guía para cenar y beber. Hubo unos cuantos intentos desganados de

contar historias, pero fracasaron rápidamente. Nadie estaba de humor para

historias.

De modo que todavía era temprano cuando la conversación abordó

asuntos de mayor trascendencia. Comentaron los rumores que circulaban por

el pueblo, la mayoría inquietantes. El Rey Penitente estaba teniendo

dificultades con los rebeldes en Resavek. Eso era motivo de preocupación,

aunque solo en términos generales. Resavek quedaba muy lejos, e incluso a

Cob, que era el que más había viajado, le habría costado localizarlo en un

mapa.

Hablaron de los aspectos de la guerra que les afectaban directamente. Cob

predijo la recaudación de un tercer impuesto después de la cosecha. Nadie se

lo discutió, pese a que nadie recordaba un año en que se hubieran cobrado tres

impuestos.

Jake auguró que la cosecha sería buena, y que por lo tanto ese tercer

impuesto no arruinaría a muchas familias. Excepto a los Bentley, que ya

tenían dificultades. Y a los Orisson, cuyas ovejas no paraban de desaparecer.

Y a Martin el Chiflado, que ese año solo había plantado cebada. Todos los

granjeros con dos dedos de frente habían plantado judías. Eso era lo bueno

que tenía la guerra: que los soldados comían judías, y que los precios subirían.

Después de unas cuantas cervezas más, empezaron a expresar otras

preocupaciones más graves. Los caminos estaban llenos de desertores y de

otros oportunistas que hacían que hasta los viajes más cortos resultaran

peligrosos. Que los caminos estuvieran mal no era ninguna novedad; eso lo

daban por hecho, como daban por hecho que en invierno hiciera frío. La gente

se quejaba, tomaba sus precauciones y seguía ocupándose de vivir su vida.

Pero aquello era diferente. Desde hacía dos meses, los caminos estaban

tan mal que la gente había dejado de quejarse. La última caravana que había

pasado por el pueblo la formaban dos carromatos y cuatro guardias. El

comerciante había pedido diez peniques por media libra de sal, y quince por

una barra de azúcar. No llevaba pimienta, canela ni chocolate. Tenía un

pequeño saco de café, pero quería dos talentos de plata por él. Al principio, la

gente se había reído de esos precios. Luego, al ver que el comerciante se

mantenía firme, lo insultaron y escupieron en el suelo.

Eso había ocurrido hacía dos ciclos: veintidós días. Desde entonces no

había pasado por el pueblo ningún otro comerciante serio, aunque era la

estación en que solían hacerlo. De modo que, pese a que todos tenían presente

la amenaza de un tercer impuesto, la gente miraba en sus bolsitas de dinero y

lamentaba no haber comprado un poco de algo por si las primeras nevadas se

adelantaban.

Nadie habló de la noche anterior, ni de esa cosa que habían quemado y

enterrado. En el pueblo sí hablaban, por supuesto. Circulaban muchos

rumores. Las heridas de Carter contribuían a que esos rumores se tomaran

medio en serio, pero solo medio en serio. Más de uno pronunció la palabra

«demonio», pero tapándose la sonrisa con una mano.

Solo los seis amigos habían visto aquella cosa antes de que la enterraran.

Uno de ellos estaba herido, y los otros habían bebido. El sacerdote también la

había visto, pero su trabajo consistía en ver demonios. Los demonios eran

buenos para su negocio.

Al parecer, el posadero también la había visto. Pero él era un forastero. Él

no podía saber esa verdad que resultaba tan obvia a todos los que habían

nacido y habían crecido en aquel pueblecito: las historias se contaban allí,

pero sucedían en algún otro sitio. Aquel no era un sitio para los demonios.

Además, la situación ya estaba lo bastante complicada como para buscarse

más problemas. Cob y los demás sabían que no tenía sentido hablar de ello. Si

trataban de convencer a sus convecinos, solo conseguirían ponerse en

ridículo, como Martin el Chiflado, que llevaba años intentando cavar un pozo

dentro de su casa.

Sin embargo, cada uno de ellos compró una barra de hierro frío en la

herrería, la más pesada que pudieran blandir, y ninguno dijo en qué estaba

pensando. Se limitaron a protestar porque los caminos estaban cada vez peor.

Hablaron de comerciantes, de desertores, de impuestos y de que no había

suficiente sal para pasar el invierno. Recordaron que tres años atrás a nadie se

le habría ocurrido cerrar las puertas con llave por la noche, y mucho menos

atrancarlas.

A partir de ahí, la conversación fue decayendo, y aunque ninguno reveló

lo que estaba pensando, la velada terminó en una atmósfera deprimente. Eso

pasaba casi todas las noches, dados los tiempos que corrían.


Comentarios del capítulo: (1)


gracias por el cap :)

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