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MNU Volumen 6 – Capítulo 23

MNU Volumen 6 – Capítulo 23
Capítulo 26 La era de Victoria Black: Los Evans, los Terrel, Y los Crowbar IV.
Esa misma noche, Dinilius había dado el comunicado a toda su armada sobre el requerimiento de recuperar Tierras Rojas de los Maltuinos.
Convocó un consejo de guerra con sus neguers, cavaliers y Ereiser. Y acordaron llevar toda la caballería que en sumas; era igual de grande al de las cuatro familias. Y dejó toda la infantería en las ciudades para resguardarlas de cualquier ataque. Pero surgió un tema que provocó en Dinilius mucha preocupación. Como su hijo Hamer no fue elegido por su padre para que ocupara su puesto una vez muera o fuera ascendido por el Imperato siendo el hijo mayor, lo dejó en una encrucijada moral.
Hamer cometió el delito de haber robado tierras en ciudades que no le pertenecían a su padre, en nombre de él. Fue azotado tantas veces que su carne se desprendió a tal punto que podían ver sus costillas. Su padre fue severo en cuanto al castigo, y le quito el derecho de tomar su puesto cuando muriera, dejando a Cramer como único candidato.
Tenía a un traidor y a un ladrón como hijos. Pero se replanteo de nuevo si podía dejar a su hijo mayor a cargo. Después de lo acontecido, muchas de las ciudades se enteraron de la purga. Y rondaba el rumor de que su hijo Cramer había colaborado en ayudar a los bastardos. Pero Dinilius se había encargado de cambiar la versión y acomodar los hechos: de que Cramer era un héroe y que había sufrido sus heridas como resultado de haber peleado contra los manchados. Y le surgió una idea al ver la carta de la ciudad de Lanner; se enteró por su esposa que Aniella fue la única candidata que no retiró su postulación a ser esposa de su hijo. Entonces, si no podía confiar en su hijo, podía confiar en la única mujer que le amaba más que su propia vida. Y tomaría rienda de su hijo mediante Aniella.
Ella podría convencerlo o estimular su compromiso con su nación dorada. Tenía que, o si no perdería el mando de las ciudades que el Imperato le encomendó. Por que quien no puede con su familia, no puede con el mundo.
* * *
Aniella llega a la mansión Evans en su espléndido carruaje y con ropas azules que combinaban con su nuevo sombrero. Y siempre mostraba una gran sonrisa, una sonrisa autentica y carismática que podía cambiar la actitud de cualquiera.
Cramer aún no estaba listo. Y como los sirvientes traicionaron su familia, le tocó a la guardia privada hacer las tareas de los antiguos manchados que convivieron en la mansión. Vertuldia abrió la puerta para recibir a la Dornina. Esta reprime su desbordante felicidad y le muestra una leve sonrisa a su futura suegra; entrega unos presentes como canastas llenas de comida y frutas, y sirvientes que colaborarían en su casa de ahora en delante provenientes de la raza roja. Vertuldia no se lo esperaba y le comenta:
— Precisa mente presentaría mis disculpas por no recibirte como es debido querida. Pero ya sabes que tuvimos un inconveniente con nuestros sirvientes. Es muy generoso de tu parte reabastecernos de criados más confiables que los manchados.
— Todo sea por mi futura suegra— Le responde Aniella.
— Gracias querida, como sabrás, ya no tengo empleados, así que yo misma te estoy preparando la comida; espero tengas un poco de hambre.
— Seria un placer probar su comida.
— Por favor sigue, y siéntate. Cramer estará en un minuto… pero debo advertirte que ya no es el hombre que conocías antes.
— Sin importar como este, para mí, seguirá siendo el hombre que conocí antes.
Vertuldia hace una expresión de sorpresa, y sonríe por que esperaba una respuesta similar pero na tan directa. Ella traía un vestido largo y lleno de encajes hermosos en forma de flores y en la tela dibujos de peces que se dan en su ciudad. No traía collares ni anillos. Era una mujer sencilla y agradable. Vertuldia admiraba eso de ella, y le encantaba aún más que no fuera tan arrogante o repulsiva en su manera de hablar o de actuar. Se mantuvo en total silencio y paciente cuando le fuera avisado que Cramer estaba listo.
Entonces no vio necesidad de retenerla y le dijo que podía ir a verlo y le indica que podía subir. Ella sube las escaleras y su energía por verlo; aumenta cada vez que daba un paso para llegar a su habitación.
Ella golpea la puerta y no escucha nada. Pero encuentra la manija de la puerta sin seguro y dobla el mango para que la puerta sonara y se abriera. Al abrirla, ve a Cramer en la cama, ocultando su tristeza y fingiendo sonreír al ver a Aniella.
Aniella trae una silla y le muestra que felicidad a Cramer. Fue tanto así que lo arrulla con solo la mirada y le devuelve un poco el alma amargada que tenía en ese momento.
Ella se acerca y le pone su mano en la frente. Ve su cicatriz en su medio rostro y le besa. Cramer no sintió en ella ninguna repulsión ni asco. Luego ella le mira como si aún fuera hermoso y le dice:
— Hola.
Cramer le dice muy adolorido.
— Ho-la, A-ni-ella.
— Te dije que sin importar que, aun seguiría amándote.
Cramer, se llena de un sentimiento tan extraño que deja caer una lagrima pero esta vez de felicidad acompañada de una sonrisa.
— ¿Por- que, Ani-ella? ¿Por-que, yo?
— ¿Tiene que haber alguna razón para que una chica ame al chico que le guste?
— Por lo, gene-ral sí.
Ella sonríe más, y su expresión, con esa sonrisa, la hacía ver más hermosa. Cramer notó que era real ese amor que sentía por él y no por el interés de ser mujer de un hombre que heredaría el puesto de su padre.
— Bueno, aun no te lo diré. Pero si te diré que te traje algo.
Ella sale de la habitación y hace traer una caja de madera. Luego le muestra una prótesis de madera, para reemplazar su pierna izquierda. Y unas muletas.
— Tu madre está ocupada con los nuevos sirvientes que le traje. Es por eso que no se ha dado cuenta de que te traje tu regalo.
— Oye, es-pera un mo-me-nto. To-do esto… va, muy ra-pi-do.
— Lo sé. Pero ocultarte lo que traía no sería mejor que apresurarlo.
— Oye, Ani-ella, yo, yo… No se…Sé, que me has ama-do, des-de que, era-mos, ni-ños. Pe-ro, no sé si, yo pu-eda amarte tam-bien, y no qui-ero desep…
Aniella pone su dedo sobre su labio y lo silenció para decirle:
— No lo hagas, déjame que yo te demuestro mis alcances por ti.
Cramer muestra un poco de amabilidad sobre tan maravillosa mujer. Y de un toque estrepitoso que golpean la puerta. Hacen que Aniella salte sobre sí, por el susto.
Aniella se levanta y abre, para luego darse cuenta que era Dinilius. Aniella se inclina y le dice:
— Comendador Dinilius.
— Por favor dime Dinilius, muy pronto seremos familia así que sin honorificos, Aní— Aniella suelta un risa picara y los deja solos.
Dinilius se asegura de que ella se va del pasillo y cierra la puerta con cuidado. Luego ve la prótesis y mira a su hijo sonrojado y con el pecho inflado. Se da cuenta que esa mujer si lo altera. Así que fue con cuidado con él y le inicia la plática.
— Es una buena mujer Cramer.
— Pa-pá, yo…
— No hijo, deja que yo hable. Sé que Aniella está interesa por ti desde que era una niña, su padre incluso me dijo un día que ella le había pedido postularse para ser su esposa desde que vino la primera vez, no sé qué le hiciste pero la dejaste encantada. Y desde ese día solo se ha criado para ser tu pareja ideal. Sé que te sabes esta historia pero te contaré la historia de tu hermano, muchos ecos atrás robó tierras que le pertenecían a los Crowbar, y todos saben que con esa familia no la vamos, pero aun así lo hizo y lo hizo bajo mi nombre, fue considerado como un acto de guerra, y si no fuera por el Imperato Oromus en concederme una castigo apropiado a mi hijo, me hubieran destituido. Pero lo que tu hiciste, es mucho peor, no solo me hubieran podido destituir sino que también me hubiera condenado a una pena de muerte por tener un hijo traidor. Pero a diferencia de tu hermano, tu aprendes de tus errores es por eso que te concederé un indulto, porque a pesar de que lo que hiciste se considerado traición y se pague con la pena de muerte, voy a perdonarte y dejare que te cases con esa muchacha tan esplendida. Y no voy a dejar que te niegues, y me importa un carajo si la amas o no, porque desde ahora serás un ejemplo a seguir.
Cramer no decía nada, dejó que su padre hablara, y sus ojos se anclaron en su rostro serio para no despegarle la mirada, Dinilius no sintió oposición y creyó que esta vez sí le escucharía.
— Anoche estaba pensando en destituirte y dejar que tu hermano tomara mi puesto. Y aunque haya decidido perdonarte, voy a ponerte a prueba. Los Terrel y los Crowbar me han llamado a la guerra, marcharemos hoy mismo a Tierras rojas para recuperarla, y me llevaré a tu hermano mayor para que combata a mi lado, y te dejaré como comendador interino de todas las ciudades bajo mi cargo. Tomate tu tiempo con Aniella aquí, y veremos cómo te va. Pero si me llego a enterar que has vuelto a tus andanzas con esos bastardos, mi edicto recaerá sobre ti y lo único que te espera es la muerte. Así que piensa muy bien las cosas hijo mío.
* * *
En otro lado, una caravana de manchados pasaba por la ruta designada para su deportación y acampan a medio día fuera de la ciudad más cercana que era la de Goldius. Las mujeres que cocinaban llegaron al rio. Y vieron un cuerpo en la orilla del rio y se dieron cuenta que era una mujer joven de aspecto muy infantil, de cabello marrón. Su vestido celeste estaba quemado y parte de ella también estaba desfigurad. Las mujeres la tomaron y sintieron palpitaciones débiles en la muchacha. Luego la acuestan en una frazada y tratan sus quemaduras.
Luego ella despierta, con dolores en su abdomen y piernas amoratadas. Su cabeza estaba siendo refrescada con un paño húmedo y luego recuerda lo que pasó. El recuerdo vivido la hace temblar y sentir terrible tanto que la hace sollozar, una sensación tan espantosa que deseó haber muerto. Se levantó de su cama y se acercó a un charco para bebr algo, y se dio cuenta que solo la mitad de su belleza quedo intacta después de que ese fuego la alcanzara. La gruta donde estaba, era una de las muchas colina rocallosas que identificaban los ciudadanos cuando iban a Goldius, y Gisel reconocía donde se encontraba. Luego de beber agua, le costó levantarse, así que tomo un cayado y se puso de pie para caminar hasta la salida.
Desde la gruta se veía la muralla que representaba la frontera. Y los guardias que custodiaban la puerta de la muralla, servían como reten y peaje. La caravana era larga e incontable desde los ojos de una jovencita. Y toda esa gente sin saberlo, se dirigía hasta Rupinconcastle, tierra de los Terrel. Gisel se quedó estupefacta de que esa multitud no estuviera siendo juzgada o arrestada por ser solo manchados como le sucedió en su ciudad natal. Y se planteó seriamente por un memento lo que sucedía. ¿Desde cuándo los edictos no afectaban a los manchados que entraban por esa puerta? Por qué de ser así la masacre de esa noche no tenía justificación. Luego es recibida por una mujer que estaba lavando unas ropas y preparando una comida.
— Oye, ya estás de pie— Replica la manhcada que no le dice su nombre. Una mujer de edad, de ojos rojos y cabello dorado.
Gisel no responde y cojea con el cayado. Retrocede un poco, y la mujer que andaba sin tapujos, llama a las demás.
Las demás manchadas le llevan ropa y comida. Un grupo que se componían enteramente por manchadas de la casta marrona en su mayoría cruzados con gente Redgroouk. Una de las mujeres apaga la fogata apenas termina de sacar la comida de la olla de barro. Y se la dan a la niña que no da bocanadas como ellas pensaban. Aunque el hambre dominaba su cuerpo, su mente la hacía olvidar toda acción de preservación, al tener un sentimiento de ira y desilusión dentro de ella.
— ¡Come muchacha! —Le grita una de las mujeres. — Estas muy delgada y débil— Gisel solo mueve la cuchara alrededor del estofado y moja su labio con el caldo.
— Cuanto tiempo llevo inconsciente— Pregunta Gisel.
— Solo una noche— Le dice la mujere de escote pronunciado y cabeza cubierta por una tela blanca. — ¿Qué te paso muchacha como para que tengas esa heridas?
Gisel se mantiene en silencio y con un rostro espantado.
— Si no quieres hablar de ellos muy bien, pero al menos dinos ¿para dónde vas? Podemos llevarte con nosotras o acompañarte a tu destino.
— ¿De dónde vienen ustedes?— Pregunta ella.
— Algunos, son de aldeas quemadas por los amos. Y la mayoría vienen de Char que ahora ya es una ciudad desértica. Los manchados que no tuvieron nada que ver con el asedio fueron ejecutados, y el resto exiliado. Los nobles dejaron sus asentamientos y se fueron de allí. Ahora no hay nadie que habite esa ciudad. Solo son bloques destruidos, ruinas de lo que alguna vez fue— Dice la que parece ser la líder del grupo de mujeres. Las demás guardan sus ropas, y alistan a sus niños.
— ¿Y hacia dónde van?— Vuelve y exclamar Gisel, con ánimos más incitados.
Una de las mujeres que parecían viudas, responde a su pregunta.
— Mi marido era un ciudadano Koumen, pero mis padres eran manchados. Los de sangre sucia son tomados como bastardos por los de la alta sociedad. ¿Sabes que hicieron cuando los Maltuinos se revelaron?
Gisel niega con su cabeza.
— Lo lapidaron con mi hijo enfrente de mí. Le dieron a escoger entre su familia o su nación. Y escogió la muerte por mí, pero antes de morir me dijo que me fuera a Ropincocastle porque allí deportaban a toda raza manchada a la isla de Telos. Lo primero que haré al llegar a esa isla, es unirme a sus filas y matar a esos malnacidos… Y por lo que veo muchacha tú también has pasado por algo igual. Si aún tienes fuerzas, únete a nosotras, acompáñanos a Telos y véngate. ¿Ves toda esa gente?— La mujer señala la gran caravana y la fila que hacían para poder pasar Goldius y llegar a tierra Terrel.
— No hay muchos que no les haya pasado algo trágico, y los pocos que pudieron salvar sus tierras, sus bienes o sus familias. Tan solo llegará asentarse en esa isla para que otros que si perdieron todo, peleen por ellos. Y no los culpo, yo haría lo mismo, pero si no peleamos no habrá familias que en lo poco podamos proteger. No hubo nadie que diera la vida por proteger mi familia en ese momento, pero sé que hay más como nosotras que perdimos padres, hermanos, o hermanas, que pueden defender a otros que están igual… decide ahora que estas con vida muchacha, porque la guerra es ahora.
Una de las mujeres que tenía a su hijo guardado entre sus brazos le recalca algo que no esperaba.
— Los Maltuinos somos nosotros, aun cuando no hubieran empezado esta guerra. Nos han defendido en otras ciudades. Pero si no le ayudamos. Esa gente podrá extinguir otra raza; ya ha pasado una vez, y volverá a pasar con nosotros.
Gisel, come como si nunca hubiera comido. Y acepa el ofrecimiento.
Luego bajan de los riscos y se unen a las caravanas que hacían fila para entrar por la gran puerta de madera y truncada con fuerte trozos de hierro y pegadas con grandes puntillas. Los guardias parecían pequeños hombrecitos, estando tan cerca de la entrada. Los manchados presentaban ofrendas o los que tenían marcas en su piel como indicio de esclavitud o servicio a una familia noble, podían pasar.
Unos lanceros que custodiaban la entrada hablaban entre ellos.
— Menuda mierda es esto. No sé por qué el Solemno perdonó la vida a todos estos inmundos. Debe de haber uno que otro traídos manchado, o Maltuino entre toda esta gente.
Gisel podía oírlos, todos los que pasaban cerca de ellos le podían oír, pero no decían nada. Luego un soldado interrumpió la atención de Gisel hacia los guardias y le pregunto.
— Hey tú, ¿hacia dónde vas?— Gisel se sobresalta y no responde, causando en el soldado algo de perspicacia hacia ella. Pero la mujer que abogaba por la chica lo interrumpe y le dice:
— Vamos a Ropinconcastle.
— ¿Si? no me digas. ¡Como todas estas escorias! ¿Y qué le pasó a esa cari quemada?
— ¿Acaso importa?— Pregunta la mujer.
El soldado se queda pensativo y le responde:
— ¿Ni una mierda?, ¿sabes qué? Pasa, no me importa tu dinero ni tu marca, hay más de toda esta basura que trata de ir a Ropinconcastle, tierra de los malditos Terrel. ¡Sigan! ¡Sigan!— Gritaba el soldado.
Todo el grupo de mujeres siguen el camino a campo abierto hasta encontrar frontera con Ropiconcastle. Los campos de Goldius estaban siendo custodiaos por la infantería que Dinilius había dejado en la ciudad. Cuando el grupo de Gisel pasaba por la gran entrada. Ella sintió un mareo, seguido de una gran ira contra esa ciudad. Porque allí ya lo había perdido todo. Y hiende su mirada a la entrada y ve como las tropas de caballería salen del lugar acompañado de la gran bandera Evans que izaba a gran altura. Y los soldados gritan a todos los que pasaban por allí que bajaran su cabeza en señal de respeto al comendador de la ciudad. Gisel lo hace, pero logra divisar en el frente al hijo de Dinilus, un muchacho grande y fuerte. Más alto que Crames, de facciones más marcada y varoniles y de abundante cabellera fina y blancuzca. Hamer también la ve, y esboza esa sonrisa malévola. Este le mira muy complacido y hace una seña con su cabeza. La señal era que mirara sobre la alameda de la muralla y observar algo.
Ella lo hace y queda horrorizada al ver, cabezas cercenadas y empaladas. Entre ellas estaba la de su hermana, y la de los sirvientes de la familia Evans que alguna vez defendieron al joven Cramer. Al salir Hamer de la muralla queda un poco satisfecho. Algo muy contrario a Querri Terrel que al ver semejante atrocidad mueve su cabeza de lado a lado en señal de desaprobación.

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